MUJER DE MANTILLA
Dolores Gómez Trujillo 21.III.2009
Quiero comenzar con la señal que identifica a todo cristiano y a través de ella invocar a Dios para que mis humildes y torpes palabras sepan decir todo aquello que me gustaría transmitiros.
“En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Doy por supuesto que me conocéis, no porque sea persona destacada, sino simplemente por vivir en un pueblo, no muy grande, donde casi todos somos conocidos. También, por mi querida profesión de Maestra.
Seguro que por mi aula han pasado algunos de vuestros hijos. ¡Qué digo vuestros hijos, también alguna de vosotras!.
¡Cómo pasa el tiempo!. Te das cuenta cuando tienes ante tí mujeres hechas y derechas, que hasta ayer eran niñas revoltosas y juguetonas. Acertado es decir: “Los años no pasan en balde”.
Son nuestras creencias religiosas las que nos hacen estar aquí reunidas preparándonos con todo fervor, no sólo para presenciar, sino para revivir intensamente la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
Es muy nuestra y atávica la tradición de representar estos misterios de clara vocación catequética. También es de todos conocida la calidad que derrocha Campillos en la cosa cofrade
.- Calidad que admira a propios y a extraños, a foráneos y a paisanos
.- Calidad tal vez desproporcionada si la ponemos en relación con el tamaño del municipio
.- Calidad asentada en el poso del tiempo y pulida por el renovado trabajo cotidiano de las Hermandades y Cofradías que ponen a sus titulares, una vez más, junto al anciano, al enfermo, al niño, al esperanzado, al desilusionado,…Cofradías de Campillos que, durante esta Semana más que nunca, están junto a los campilleros.
Dado que es tiempo de Cuaresma, tiempo de reflexión y recogimiento, preludio de nuestra Semana Santa, la Junta de Gobierno de esta Hermandad, ha tenido a bien darnos la oportunidad de realizar este acto de meditación y así predisponer nuestros sentimientos y nuestro espíritu para aquello que vamos a revivir en breve.
¿POR QUÉ YO?
Me pregunto y no encuentro respuesta: ¿Por qué me han designado a mí?.
Es verdad que son muchos los años que llevo vistiendo la mantilla, ya ni me paro a contarlos, y quizás lo que estas personas han visto en mí, ha sido: edad y experiencia.
-Experiencia que de algún modo me da cierta autoridad para dirigirme a vosotras, mujeres elegantes y agraciadas, que tenéis la ilusión y el entusiasmo de desfilar dentro de unos días por las calles de un Campillos hecho Jerusalén.
-Experiencia que en parte debo a mi madre, quien se hace aprendiz de peluquera por un día. Con dedos inseguros por la falta de hábito, pero con el ánimo y la decisión de toda gran mujer clava la peineta, la fija con horquillas, la mira y remira, asegurándose que está derecha. Y siempre termina sentenciando: “¡Esta ya no se mueve!”.
Luego, va colocando la mantilla con esmero, como esta prenda merece, y la mide, y le cuenta los pliegues; y comprueba que las ondas están parejas. ¡Ya está satisfecha!.
Sólo queda el prendedor que recoge y sujeta el encaje, que en cascada, cae de mi cabeza.
Pido a Dios para que sean muchos los años que ella pueda seguir con nosotros. “Mamá, tendrás que continuar en la brecha, pues mi hija ya insinúa deseos de llevar la mantilla puesta por su abuela”.
Cuando Isabel Navas y Carmen Pérez, aquí presentes, me propusieron tratar el tema, mi primer impulso fue responder con un rotundo “No”.
Si bien, cuando me ví negándome a hacer algo que me pedían dos mujeres a las cuales admiro por su fuerza, su tenacidad, su perseverancia y su dedicación a nuestra cofradía, me quedé un tanto desarmada y sin argumentos para persistir en mi actitud. Tampoco querría dejar pasar esta oportunidad sin reconocer el mérito de todas aquellas que tantos desvelos dedican a la misma causa; robando tiempo a su familia, a sus quehaceres, a su ocio… y a tantas cosas. Pero ahí están, dando el todo por el todo. ¡Gracias!. Gracias a vosotras, pilares fuertes de las cofradías, podemos constatar que, a pesar de los avatares de la historia, habéis hecho frente - a tiempos de esplendor y de decadencia,
- a tiempos de entusiasmo y de apatía,
- a tiempos de bonanza y de escasez,
- a tiempos tan diversos…
Pero vosotras seguís en vanguardia, con ahínco, sacando vuestras hermandades adelante.
Yo diría que sois todas mujeres valerosas y sobre todo, ¡ muy generosas!. - Mujeres que viven su fe con religiosidad durante todo el año, que siguen la palabra de Dios, y que participan en las actividades parroquiales.
- Mujeres que saben compartir sus alegrías y sus problemas con sus hermanas cofrades, mientras confeccionan túnicas, limpian la plata y hacen previsiones para el próximo año.
- Mujeres que tienden la mano y ofrecen su calor, su amistad, su experiencia a las jóvenes que se incorporan por vez primera.
- Mujeres que, aprovechando esas reuniones informales, comentan la Palabra de Dios, exponen sus dudas y sus temores e incluso invitan y, me atrevería a decir, enseñan a otras a rezar…
- Mujeres que comenzaron a acercarse por afinidad a la Hermandad, por amistad con otras que ya venían, o por echar un rato de tertulia ¿por qué no? y … poco a poco se han visto inmersas en este ambiente cristiano. Han descubierto que la cercanía con Dios y con María les proporciona una paz interior, y una capacidad de aceptación ante las adversidades, que les ayuda a seguir adelante con Fe y Esperanza renovadas.
De alguna manera se está realizando una labor de apostolado, no dirigida ni programada, pero que facilita y ayuda al conocimiento de Dios y de su madre, María.
Todo este devenir encuentra su punto álgido en los albores de la primavera. Esta primavera, recién estrenada, que trae de la mano a nuestra Semana Mayor días en que los sentimientos religiosos afloran en nosotros de manera especial.
Ya no se cuenta en semanas, ya son jornadas e incluso horas las que faltan para que cada Hermandad procesione a sus sagrados titulares.
Domingo de Ramos, Miércoles, Jueves o Viernes Santo; ¿! Acaso importa el día!?:- ¿Duelen más los clavos cuando hieren Su carne mortal que los insultos, injurias, desprecios, incomprensión a la postre, que zahieren Su naturaleza divina?.- ¿Lacera más el corazón de la Madre la visión del cuerpo yacente que la experiencia de la aclamación popular en el conocimiento de lo que vendrá después?.Claro que no, claro que no importa el día. Pero tendréis que disculpar que me detenga en aquel al que me siento más unida.
Jueves Santo, día del Amor Fraterno, de relación, afecto y solidaridad con el hermano que sufre.
Jesús nos dice en el Evangelio de este día: “Si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”. Jesús da muestra de un amor humilde y servicial, que no repara en su propia dignidad, sino que se pone a los pies del otro para aliviar su cansancio.
Este día de fraternidad culmina en una noche estrellada, una noche mágica, una noche estremecedora, que nos invita a exteriorizar todas las creencias y sentimientos piadosos acumulados a través de generaciones y transmitidos de padres a hijos. Es una pública Profesión de Fe.
Noche de Jueves Santo, en que la Hermandad del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y María Santísima de los Dolores verá colmada sus ilusiones tras el trabajo, el esmero y la dedicación de todo un año. Procesionará a sus sagrados titulares con todo el amor, la devoción y la grandeza que ellos merecen.
Serán el Hermano Mayor y la Junta de Gobierno, arropados y hermanados con otras muchas personas, como sayones, penitentes, romanos, consiliarios, músicos,… los que harán posible este piadoso y maravilloso desfile procesional.
Sí, ya lo sé, falta una sección importante en este acompañamiento: La sección de LAS MANTILLAS.
Generalmente, hablamos de túnica de sayón, túnica de penitente, traje de consiliario, vestido de samaritana...
Sin embargo, la mantilla es prenda de tanta personalidad, solemnidad y nobleza que, en lenguaje coloquial envuelve y da nombre a la mujer que la luce,LA MANTILLA.
Creo que todas aquellas mujeres que participamos en el cortejo procesional, ataviadas con nuestra clásica prenda, debiéramos tener consciencia del legado que dicha “joya” ha ido acumulando a lo largo de los siglos y del que ahora somos depositarias y portadoras.
La mantilla es tradicionalmente española, con especial raigambre en Andalucía.
Dicen los historiadores que en las pequeñas estatuas íberas, pueden estar los orígenes de la mantilla, pues era costumbre que las mujeres cubrieran sus cabezas con mantos o velos.
Más tarde, durante toda la Edad Media, la mujer siguió usando tocados muy variados.
En épocas más cercanas, siglo XVII, comienza el uso generalizado de la mantilla de encaje que llegaría a su apogeo, tal como se aprecia en numerosos cuadros de Francisco de Goya, en el siglo XVIII, en el que, cogiendo la ola ascendente de la clase baja, las gentes de muy elevada condición copiaron el uso que de la mantilla hizo la maja, castiza mujer del pueblo bajo de Madrid, famosa por su garbo y donaire.
Su mayor esplendor se alcanzó, no obstante, en el siglo XIX, potenciado por la predilección de la reina Isabel II de España hacia esta prenda, que lucieron, tanto ella como su damas, en numerosos actos.
Hablando de reinas, como curiosidad diremos que, por dispensa Papal, solamente la Reina de España puede lucir mantilla blanca ante Su Santidad. La negra queda reservada para funerales pontificios.
- Mantillas de encaje, blancas o negras, que en el siglo XX van quedando en las damas de más alta condición como signo de grandeza.
- Mantillas que van perdiendo sitio y quedan como reliquia en los viejos arcones, para ir a los toros o para ir a la iglesia, cuando cubrir la cabeza era norma.
- Mantillas de tul, adornadas en las fiestas con madroños de seda rojos, amarillos o azules.
- Mantillas guardadas con amor y mimo en los viejos baúles con olor a naftalina, y exhibidas una vez al año cuando la fiesta es fiesta.
Fue en Madrid y Andalucía donde más tardó en desaparecer. Actualmente, su uso ha quedado restringido a determinados eventos como fiesta de toros, bodas de gala y Semana Santa.
Esta última es la que aquí nos convoca.
He de reconocer mis limitaciones y falta de recursos oratorios para expresar con palabras el cúmulo de sensaciones y emociones que vive una mujer cuando va de negro riguroso, tocada con una mantilla y cómo único complemento la medalla de su Hermandad.
Es también difícil de explicar la entrega y el sacrificio que se esconden tras su cuidado peinado, su velo exquisitamente colocado sobre la celosía de su peineta y el dominio de sus zapatos de tacón.
Desde la acera, tras un cariñoso piropo, una voz amiga le pregunta ¿llevas frío? y ella, esbozando una leve sonrisa de asentimiento, continúa su caminar con el brazo entumecido, dejando de percibir hasta el peso del portavela. Los pies cansados y doloridos. El tintineo de las cuentas del rosario mariano le recuerda que debe seguir erguida por el camino de su Vía Crucis.
Nuestra indumentaria es muestra de recogimiento, de condolencia, de adhesión con la persona que sufre…
Todo es poco, cuando ante nuestros ojos se nos presenta la terrible escena de una mujer viendo morir a su hijo, que ha sido vilmente torturado.
Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre Santísima junto al camino por donde Él pasa.
Con inmenso amor mira María a Jesús y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran y cada corazón vierte en el otro su propio dolor.
El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo.
“¿Hay dolor comparable a mi dolor?”.
Se ha cumplido la profecía de Simeón “Una espada traspasará tu alma”.
Quizás sea un atrevimiento por mi parte establecer una semejanza entre las mujeres de mantilla, que acompañamos a la Virgen en este trance, y el dolor de aquellas otras mujeres que, de alguna manera, estuvieron junto a María durante la Pasión de Jesús.
- Fue una mujer misericordiosa, de nombre Verónica, la que llevando un lienzo blanco, limpia piadosamente el rostro de Jesús de ese sudor y esa sangre que empañan y desdibujan sus facciones. El Señor deja grabada su Santa Faz en las tres partes del velo.
- También en su camino hacia el Calvario Jesús se detiene y consuela a unas mujeres de Jerusalén que no pueden contener su compasión y prorrumpen en lágrimas: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos…”.
- Cuando muere Jesús en la Cruz sólo está su Madre, con otras mujeres que le acompañan, y el adolescente Juan.
Los apóstoles ¿dónde están?. ¿Y los que fueron curados de sus enfermedades: los tullidos, los ciegos, los leprosos…?.
¿Y los que le aclamaban?. ¡Nadie responde!.
Cuando ya le queda poca sangre que derramar, «Viendo Jesús a su Madre y, junto a Ella al discípulo amado, dijo a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo...”».
Con estas palabras, más la complicidad que entre ellos existía, suplica Jesús a María que admita y ampare como hijos suyos a toda la Humanidad. María, y es Jesucristo a través de María, quién nos enseña a amar.
Ella, mediante su “Sí” a Dios en la Anunciación, se dispone a obedecer en todo Su voluntad.
Ese “Sí” fue de mucha duración, la de toda su vida, que se continúa ahora en sus lágrimas contenidas, en su actitud serena, pero dolorosa, en su firmeza y entereza al pie de la Cruz.
La muerte de Jesucristo y el Martirio sin muerte de Nuestra Madre, Virgen Dolorosa, han convertido el sufrimiento en arma de “Amor” y en instrumento de “Redención”.
Espero que la descripción y reflexión sobre estos pasajes bíblicos lleguen a nuestros corazones y sirvan de contexto para predisponer nuestro ánimo, nuestra conducta y compostura de manera adecuada. Que sepamos dar una imagen consecuente con todo lo anterior y que sea un reflejo más del trabajo realizado por nuestros hermanos a lo largo del año.
Nuestra actitud debe ser sobria y decorosa en el vestir, respetando las reglas que la Hermandad tiene establecidas en cuanto a indumentaria y complementos.
Este proceder no está reñido con la belleza, el porte y la elegancia. ¿Qué mejor manera de alabar a Dios que con los dones que cada uno ha recibido?.
No faltan en los Evangelios referencias a la predilección de Jesús por el acicalamiento, la higiene y el atavío externo según la condición de cada cual: “ …tú, cuando ayunes, lávate la cara y arréglate bien, para que la gente no advierta que estás ayunando”…
Nuestras maneras deben ser coherentes con aquello que rememoramos y respetuosas con la imagen que vamos acompañando al igual que lo hicieron aquellas mujeres en Jerusalén.
Él pudo haber evitado aquellas amarguras, aquellas humillaciones, aquellos malos tratos, aquel juicio inicuo.
Y la vergüenza del patíbulo, y los clavos, y la lanzada…
Pero quiso sufrir, todo eso, por tí y por mí.
Y nosotros, ¿no vamos a saber corresponder?
. ¿No vamos a ser capaces de respetar en silencio la aflicción de María?.
¿Y de imitar sus heroicas actitudes?.
¿Podríamos hacer el itinerario con fervor y devoción como si fuéramos por la Vía Dolorosa?.
¿Sería posible completar el recorrido siendo congruentes y aceptando la penitencia con estricta sujeción a las reglas dictadas por la Cofradía?.
Si Jesucristo padeció y murió por nosotros en aquella Cruz que nos precede en nuestro itinerario, y que nos preside en nuestras vidas, y lo hizo con paciencia y humildad, puede que oigamos en nuestro interior el reproche cariñoso de su voz en silencio:
- Yo … amándote, tú … olvidándome.
- Yo … pidiéndote, tú … negándome.
- Yo … sufriendo, y tú … tú, te quejas ante la menor humillación o incomprensión.
Intentémoslo y experimentaremos el cansancio y la alegría de una labor bien hecha.
Labor que comparto con mi esposo y mis hijos. Llevando sobre sus hombros, el primero a la Virgen de los Dolores y los jóvenes al Santo Cristo.
Ha llegado el momento en que el binomio Madre – Hijo regresan a su casa.
Entran de espalda. ¡Dándonos la cara!.
¡No es un adiós!.
Es María Santísima de los Dolores, que con sus brazos acogedores está siempre dispuesta a recibirnos en su seno de refugio y fortaleza: “Más si mi amor te olvidare, Tú no te olvides de mí ...”
Y es Cristo quién nos invita, en nuestras horas de soledad, a buscar cobijo y protección en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado... a la espera de su Gloriosa Resurrección.
Entonces, es cuando elevo al cielo una plegaria: “Señor, acuérdate de mi padre, cuando estés en Tu Reino”.
Después de toda una noche hombro con hombro, los sayones se felicitan y se abrazan.
Entre el tumulto distingo a tres de ellos, a los hombres de mi casa. Vienen ellos con un ramillete de lirios, y él con una azucena blanca, que me ofrecen con un beso de amor: no hacen falta las palabras.
Quiero terminar con esta invocación:
“Cuando llegue la hora de partir de este mundo, haz, oh Cristo Jesús, que por medio de nuestra Madre Dolorosa consigamos la palma de la Victoria. Amén”.








